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CUATRO




—¿Dónde demonios encuentran todos estos reclutas?—preguntó Qhuinn mientras daba una vuelta alrededor del lugar de la lucha, sus botas chapoteando en la sangre negra.


John apenas le escuchaba, aunque sus orejas funcionaban perfectamente. Ahora que los bastardos se habían marchado, permaneció junto a Tohr. El Hermano parecía haberse recuperado del inesperado golpe en los huevos que Xcor le había dado, pero aún estaba muuuuuy lejos de superarlo.


Tohr limpió las dagas negras en sus pantalones. Inspiró hondo. Y pareció conseguir salir de su agujero negro interior particular.


—Ah… es lo único que tiene sentido en Manhattan. Necesitan una población numerosa, con un montón de mala hierba en la periferia.


—¿Quién cojones es el Forelesser?


—Una mierdecilla de nada. Al menos eso fue lo último que supe.


—Justo el estilo del Omega.


—Pero inteligente.


Justo cuando John iba a ponerle fin a toda la mierda de la-Cenicienta-convirtiéndose-en-calabaza, su cabeza giró por sí misma.


—Más —gruñó Tohr.


Seh, pero ése no era el problema.


La shellan de John había salido a luchar a los callejones.


Instantáneamente, su mente quedó en blanco; tiró de la cisterna de su váter personal. ¿Qué demonios estaba haciendo ella aquí fuera? Estaba fuera de rotación. Debería estar en casa…


Cuando la peste a restrictor vivo llegó a su nariz, una profunda convicción interior se enraizó en su pecho: ella no debería estar ahí fuera en absoluto.


—Necesito coger mi abrigo —dijo Tohr—. Quédate aquí e iré contigo.


Ni. De. Coña.


En el instante en que Tohr se materializó de vuelta al puente, John salió disparado, sus shitkickers golpeando el asfalto mientras Qhuinn gritaba algo que acababa con: "¡chupapollas!"


Lo que fuera, a diferencia de las salvajes, locas y maníacas distracciones de Tohr, esto era importante.


John atajó por un callejón, se precipitó por una calle, saltó a través de dos filas de coches aparcados, tomó un giro…


Y allí estaba ella, su compañera, su amante, su vida, enfrentándose a un cuarteto de restrictores frente a un albergue abandonado… flanqueada por un enorme, boca-suelta y traidor rubio.


Rhage no debería haberla reclutado jamás. John había pedido refuerzos… y seguro como la mierda que no se había referido a Xhex. Y además luego les había dicho que se quedaran en casa, a petición de Tohr. Qué coño estaban…


—¡Ey! —les gritó Rhage animadamente, como si los estuviera invitando a una fiesta—. Había pensado que podíamos tomar algo de aire hoy en el hermooooooso Caldwell.


Seguro. Este era de esos momentos cuando ser mudo era una mierda. 


Puto gilipollas…


Xhex giró la cabeza para mirarle… y fue entonces cuando pasó. Uno de los restrictores empuñaba un cuchillo y el hijoputa tenía buen brazo y mejor puntería: la hoja voló por el aire.


Hasta que se detuvo… en el pecho de Xhex.


Por segunda vez esa noche, John gritó sin hace ruido alguno.


Mientras se lanzaba hacia adelante, Xhex encaró al asesino, una expresión de ira endureciendo sus facciones. Sin perder un momento, cogió la empuñadura y se arrancó el arma del cuerpo… Pero ¿cuánto duraría su fuerza? Esa había sido una herida directa…


¡Jesucristo! Ella iba a intentar ocuparse de aquel bastardo. Incluso herida, iba a ir a por él con garras y dientes… e iba a conseguir que la mataran en el proceso.


El pensamiento que se formó inmediatamente en la mente de John fue que no quería ser como Tohr. No quería pasar por ese infierno en la Tierra.


No quería perder a Xhex esta noche, ni la de mañana, ni ninguna otra. Jamás.


Abriendo la boca, rugió con todo el aire que le quedaba en los pulmones. No fue consciente de que se había desmaterializado, pero estuvo sobre ese restrictor tan rápido que volviéndose un fantasma y re-materializándose era la única explicación. Aferrando la garganta de la cosa, lo levantó y cayó a peso junto con él. Cuando golpearon el suelo, le dio un cabezazo, destrozándole la nariz y probablemente rompiéndole un pómulo o la cuenca de un ojo.


Y no iba a detenerse ahí.


Mientras la sangre negra lo salpicaba entero, desnudó sus colmillos y rasgó la carne de su enemigo mientras lo sujetaba. Su instinto destructivo tan afinado y enfocado que hubiera continuado hasta estar masticando pavimento, pero entonces su lado racional le dedico un eh-qué-pasa.


Necesitaba valorar las heridas de Xhex.


Sacando una daga, levantó el brazo en alto y clavó los ojos en el asesino. O en lo que quedaba del lesser.


John enterró la hoja tan profunda y fuertemente que, después del flash y el desvanecimiento explosivo, necesitó tirar con las dos manos y el cuerpo entero para sacar el arma del asfalto. Mirando alrededor, oró para ver a Xhex…


Ella estaba más que en pie. Estaba con otro lesser del cuarteto, a pesar de que había una creciente mancha de color rojo en la parte delantera de su pecho y su brazo derecho colgaba laxo. 


John estaba a punto de perder la cabeza.


Saltando, interpuso el cuerpo entre su compañera y el enemigo y cuando la empujó fuera del camino, recibió lo que iba dirigido a ella: un fuerte golpe con un bate de béisbol que hizo sonar su campana de la iglesia y perder momentáneamente el equilibrio. 


Exactamente el tipo de cosa que habría derribado a Xhex y habría puesto un “ocupado” en su tumba. 


Con un movimiento rápido, reestableció su equilibrio e intentó por segunda vez mandarlo a casa. 


Un rápido golpe hacia delante y golpeó al lesser en la cara con su propio bate Louisville Slugger, dándole al no-muerto un segundo de muestra de sonidos en su cabeza. Luego llegó el momento de dominación.


—¡Qué cojones! —grito Xhex mientras él forzaba al asesino contra el suelo.


No era un buen momento para comunicarse, teniendo en cuenta que sus manos estaban cerradas alrededor de la garganta del lesser. Por otra parte, eso no iba a ayudarles para que ella supiese lo que estaba en su mente.


Con una rápida puñalada, John envió al asesino de vuelta con el Omega y se levantó. Su ojo izquierdo, el que había recibido el golpe del bate, estaba empezando a hincharse y podía sentir el latido de su corazón en la cara. Mientras tanto, Xhex seguía sangrando. 


—No vuelvas a hacer eso por mí otra vez —dijo ella entre dientes.


Él quiso apuntarle con el dedo, pero si lo hacía, no podría hablar.


¡Pues no vuelvas a luchar cuando estés heridamente-herida!


Cristo, ni siquiera podía comunicarse, sus dedos se le enredaban entre las palabras.


—¡Estaba muy bien!


Estabas sangrando jodidamente…


—Es una herida superficial…


¡Entonces por qué no podías levantar el brazo!


Se acercaban el uno al otro, y no en el buen sentido, con las mandíbulas alzadas y los cuerpos encorvados agresivamente. Y cuando ella no le replicó, supo que había dado en el blanco –supo, también, que ella estaba sufriendo. 


—Me cuido a mí misma, John Matthew —escupió—. No te necesito mirando sobre mi hombro porque sea una hembra. 


Hubiese hecho lo mismo con uno de los Hermanos. Bueno, más o menos. Así que no empujes esa mierda feminista contra mí...


—¡¿Mierda feminista?!


Tú eres la única que está convirtiendo esto en algo acerca de tu sexo, no yo.


Sus ojos se estrecharon.


—Oh, por favor. Curiosamente, no estoy convencida. Si crees que mi posición es una maldita declaración política, te emparejaste con la maldita hembra equivocada.


¡No tiene nada que ver con que seas hembra!


—¡Una mierda que no!


Con esto último, ella inhaló profundamente, como si quisiera recordarle que su esencia de vinculación era tan fuerte que incluso eliminaba el hedor de toda la sangre de lesser que salpicaba su alrededor. 


John enseñó los colmillos y movió las manos.


Tiene que ver con tu estupidez creando un lastre en el campo de batalla. 


Xhex abrió la boca… pero, en vez de contrarrestar, lo miró.


De repente, cruzó el brazo sano sobre el pecho y se centró en su hombro izquierdo, moviendo lentamente la cabeza hacia atrás y hacia delante.


Como si ella no lamentase sólo lo que había pasado hacía un momento, sino haberle conocido a él en primer lugar. 


John maldijo y se fue a pasear por ahí, sólo para descubrir que los demás en el callejón –y esos eran Tohr, Qhuinn, Rhage, Blaylock, Zsadist y Phury– habían estado viendo el show. Y mira por donde, que cada uno de los machos tenía una expresión que sugería que estaba realmente, verdaderamente, completamente y totalmente contento de que la última réplica de John no hubiera salido de su bocaza. 


¿Os importa?, gesticuló con una mirada feroz.


En ese momento, el grupo comenzó a caminar alrededor, mirando hacia el cielo oscuro, hacia el pavimento, a través de las paredes de ladrillo del callejón. Murmullos masculinos flotaron sobre la brisa maloliente, como si estuvieran teniendo una convención de críticos de cine discutiendo sobre la última película que acababan de ver. 


A él no le importaba lo que opinasen.


Y en ese momento de ira, tampoco le importaba lo que opinase Xhex. 




De vuelta a la mansión de la Hermandad, No’One tenía el vestido de emparejamiento de su hija en los brazos… y un doggen se plantó delante de ella, impidiendo su búsqueda de la lavandería del segundo piso. En la guardilla era bienvenida; en la lavanderí, no.


—No —dijo nuevamente—. Me encargaré de ello.


—Señora, por favor, es una cosa sencilla para…


—Entonces, dejar que me encargue del vestido no será un problema para usted.


El doggen bajó el rostro en este momento, lo que era un milagro que él no tuviese que mirar hacia arriba para encontrarse con sus ojos. 


—Quizá… me limitaré a comprobar que el Perlmutter superior…


—Y quizá debería decirle lo útil que será al mostrarme los suministros de limpieza… y lo mucho que apreciaré su excelente servicio. 


A pesar de que la capucha estaba levantada y cubría su rostro, el doggen parecía evaluar su intención con suficiente claridad: ella no iba a moverse. Ni por este miembro del personal ni por cualquier otro. Su única opción era echársela sobre el hombro y llevársela –y eso nunca sucedería.


—Yo estoy…


—A punto de apartarse, ¿no es así?


—Y… sí, señora.


Ella inclinó la cabeza.


—Gracias.


—¿Podría tomar el…?


—¿Camino? Sí, por favor. Gracias.


Él no iba a llevar el vestido por ella. Ni iba a limpiarlo. O colgarlo. O devolvérselo.


Esto era entre su hija y ella.


Con el abatimiento digno de un náufrago, el sirviente se volvió y comenzó a caminar, avanzando por el largo pasillo que estaba lleno de hermosas estatuas de mármol de hombres en diferentes posturas. Luego, atravesó un par de puertas al final a la izquierda y cruzó otro conjunto de puertas. 


En este punto, todo cambió. La alfombra en el piso de madera ya no era una Oriental, sino una simple y bien-aspirada de color crema. No había nada de arte en las prístinas paredes de color crema y los cristales no estaban cubiertos con grandes franjas de color con flecos y borlas, sino con unas de algodón del mismo color pálido.


Habían entrado en la parte del servicio de la mansión.


La yuxtaposición había sido la misma en la mansión de su padre: una calidad para la familia. Otra calidad para el personal.


O por lo menos había oído que era así. Ella nunca había ido a la parte de atrás de la casa cuando había vivido allí.


—Esto debería ser… —el doggen abrió el par de puertas—, todo lo que usted busca. 


La habitación era del tamaño de la suite que había tenido en la propiedad de su padre, grande y espaciosa. Salvo que no había ventanas. Ni una cama grande con un set de muebles hechos a mano. Ni alfombras de encaje de aguja en tonos melocotones, amarillos y rojos. Ni armarios llenos de la moda de París ni joyas en los cajones ni cintas para el pelo en las cestas. 


Aquí era donde pertenecía ahora. Especialmente cuando el doggen le describió los diversos artefactos blancos como lavadoras, secadoras y, a continuación, le detalló el funcionamiento del planchado y la plancha. 


Sí, los cuartos del servicio en lugar de las habitaciones para invitados eran su hogar y así había sido siempre desde que ella… se encontró en un lugar diferente.


De hecho, si pudiera convencer a alguien, a cualquiera, de que le dejara tener una habitación en esta parte de la mansión, lo preferiría. Por desgracia, sin embargo, como madre de la shellan de uno de los guerreros principales de la casa, se le concedía un privilegio que no merecía. 


El doggen empezó a abrir armarios y aparadores, mostrando toda una serie de artículos y mezclas que eran descritos de diversas maneras como abrillantadores y quitamanchas y planchadores…


Cuando se completó el tour, ella se acercó y levantó con torpeza su pie bueno para enganchar la parte de arriba de la percha a un colgador.


—¿Hay alguna macha de la que tenga conocimiento? —preguntó el doggen cuando ella apartó la funda que cubría el vestido. 


No’One procedió a revisar cada centímetro cuadrado de la parte inferior, el corpiño y las mangas. 


—Esto es lo único que puedo ver —se agachó con cuidado para no poner mucho peso sobre su pierna débil—. Aquí, donde el borde toca el suelo. 


El doggen hizo lo mismo e inspeccionó el leve oscurecimiento de la tela, sus pálidas manos seguras, su ceño fruncido por la concentración en vez de por la confusión. 


—Sí, creo que un lavado a mano.


La llevó al otro lado de la habitación y le describió un proceso que le iba a llevar fácilmente unas horas. Perfecto. Y antes de que ella permitiese que se marchara, le instó a quedarse a su lado durante el primer par de tratamientos. Como esto le hizo sentir útil, jugó a favor de los dos.


—Creo que estoy lista para continuar por mi cuenta —dijo ella finalmente.


—Muy bien señora —él hizo una reverencia y sonrió—. Iré abajo e intentaré preparar la Última Comida. Si necesita algo, por favor, llámeme. 


De lo que había aprendido desde su llegada, eso requeriría un telefono…


—Aquí —dijo—. Pulse “asterisco” y “uno” y pregunta por mí, Greenly.


—Ha sido de gran ayuda. 


Le echó una rápida mirada, no quería verlo inclinarse ante ella. Y no respiró profundamente hasta que la puerta se cerró detrás de él.


Sola ahora, se puso las manos en las caderas y las dejó ahí un momento, la presión en el pecho le hacía difícil llenar sus pulmones. 


Cuando llegó aquí, había esperado luchar… y lo había hecho, sólo que no contra las cosas que había previsto.


No había considerado lo difícil que sería vivir en una casa aristocrática. La casa de la Primera Familia, de hecho. Al menos cuando había estado con las Elegidas, había tenido otros ritmos y reglas, sin nadie por debajo de ella. ¿Aquí? Las personas de noble posición sobre ella le cortaba el oxigeno la mayor parte del tiempo.


Queridísima Virgen Escribana, quizá ella debería haberle preguntado al sirviente para quedarse. Por lo menos la innata necesidad de compostura le había dado un golpe en las costillas. Sin nadie de quien esconderse, sin embargo, luchó por recuperar el aliento. 


Iba a tener que bajarse el manto.


Cojeando hacia la puerta, fue a cerrarla, pero no encontró ningún pestillo. No era lo que esperaba.


Abriendo un poco la puerta, sacó la cabeza y comprobó el largo pasillo.


Todos los criados debían de estar en la planta baja preparando la comida para la gente de la casa. Aún más significativo, no había manera de que alguien, a parte de los doggens, estuviesen en esta parte de la mansión.


Ella estaba a salvo de otros ojos.


Volviendo dentro de nuevo, aflojó la cinta que le rodeaba la cintura, se quitó la capucha de la cabeza y luego se despojó del peso que llevaba siempre que estaba en público. Ah, glorioso alivio. Levantando los brazos, estiró los hombros y la espalda. Luego movió el cuello de un lado a otro. Su última atención fue para levantar la pesada trenza de sus cabellos y ponerla sobre el hombro para aliviar un poco el tirón en la nuca.


Salvo por la primera noche que había llegado a la casa y se había enfrentado con su hija –así como con el Hermano que había tratado de salvar su vida hacía mucho tiempo–, nadie había visto sus rasgos. Y nadie lo haría de ahora en adelante. Desde esa breve revelación, ella había permanecido cubierta e iba a permanecer de esa manera. 


El comprobante de identidad había sido un mal necesario.


Como siempre, llevaba debajo de su túnica una simple camisola de hilo que ella misma se había hecho. Tenía varias y, cuando se desgastaban demasiado, las reciclaba como toallas y se secaba con ellas. No estaba segura de dónde iba a encontrar la tela para reemplazarlas aquí, pero eso no sería un problema. Con el fin de recuperarse para no tener que alimentarse, iba regularmente al Otro Lado, así que podría conseguir lo que necesitaba entonces.


FUENTE: LA DAGA NEGRA WARD.

Publicado por Amanda Velocet lunes, 5 de marzo de 2012

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